
La berenjena brillante, morada y con forma de lágrima puede ser la única que conoces, pero este versátil vegetal tiene gran variedad de colores y formas. Ovaladas, largas y delgadas, con forma de melón y piel blanca, verde, rosada, naranja e incluso rayada. Cuando la abras, encontrarás una pulpa blanca y carnosa, tal vez con un toque de verde o amarillo, salpicada de pequeños racimos de semillas de color beige. Si el interior está marrón, es posible que la berenjena se haya echado a perder. Este interior, rico y carnoso, adquiere una consistencia cremosa y abundante cuando la cocinas, por eso se usa en la cocina vegetariana como sustituto de la carne. La berenjena es una verdura solanácea, al igual que las patatas, los tomates y los pimientos. Las solanáceas contienen la sustancia química solanina, que aumenta la inflamación y empeora enfermedades como la artritis. No existe evidencia sólida de que la pequeña cantidad de solanina en la berenjena empeore los síntomas de la artritis. Pero si notas que el dolor en las articulaciones aumenta después de comer berenjena, evítela. La berenjena ha sido un ingrediente de la medicina tradicional desde hace miles de años. En el antiguo sistema indio de medicina ayurvédica, los practicantes usaban berenjena blanca para tratar la diabetes y sus raíces para aliviar el asma. Si bien no es el vegetal más nutritivo, sí proporciona un aporte decente de potasio y fibra. Tiene antioxidantes como las vitaminas A y C y un alto contenido de polifenoles, que pueden ayudar a las células a procesar mejor el azúcar si tiene diabetes. Conviene purificar la berenjena, antes de cocinarla. Remojarla en agua salada durante unos 20 minutos y descartar el agua negra (impurezas). Para contrarrestar su cualidad viscosa, lo mejor es asarla. Y un secreto, cuanto más tierna, pequeña y joven sea la berenjena, más medicinal.