Los lácteos proporcionan una nutrición especial y única que no se puede obtener de ningún otro tipo de alimento. Cuando se digieren adecuadamente, nutren todos los tejidos del cuerpo, promueven emociones equilibradas y son uno de los alimentos más importantes para promover la inmunidad. Sin embargo, la forma en que se prepara la leche tiene mucho que ver con qué tan bien el cuerpo puede recibir y absorber sus beneficios. Tradicionalmente, la leche procedía directamente del animal, fresca. Y no estaba pasteurizada ni modificada genéticamente. Se calentaba hasta justo por debajo del punto de ebullición y se consumía tibia. De este modo, si la leche se consume fría, congelada, en polvo, procesada de otro modo, combinada inadecuadamente (con frutas, carne ó pescado) o sin especias, puede congestionar, estreñir y ensuciar el organismo.