Fresa

Del tamaño de un bocado y casi demasiado fáciles de comer, es posible que te encuentres devorando una fresa jugosa tras otra mientras disfrutas de su dulzura deliciosamente agria. El símbolo del amor para los antiguos griegos, estas pequeñas frutas regordetas en forma de corazón rebosan una gran cantidad de beneficios para la salud. Con cada bocado, el jugo refrescante refresca e hidrata tu paladar, mientras la ligera aspereza de las semillas roza tu lengua. Su suculento sabor y textura son universalmente adorados e incluso los antiguos chinos los consideraban la reina de las frutas. Por muy delicadas que parezcan, la acidez que se siente al saborear una fresa estimula el apetito y humedece todo el tracto gastrointestinal desde la boca hasta el final. La próxima vez que te comas una fresa, observa cómo esta pequeña fruta vigorizante fortalece todo tu sistema digestivo, incluso ayuda a desalojar los alimentos estancados y no digeridos, ya que reduce la sensación de pesadez. Las fresas también pueden ayudar a calmar el estómago inflamado e irritado. El dulce y fresco néctar de una fresa estimula la producción de fluidos corporales, hidrata los músculos y nutre los riñones. ¿Quieres saciar tu sed? Mordisquea fresas frescas y maduras. La jugosa acidez de la fresa te rejuvenece y revive, al mismo tiempo que recuerda los pensamientos dispersos y conecta el corazón y el sistema nervioso. Sus minerales nutritivos y cualidades rejuvenecedoras, hacen de las fresas un complemento ideal para las personas mayores, quienes se recuperan con ellas de enfermedades y después de una actividad física extenuante. Por muy dulces que sean, los estudios de investigación han demostrado que la dulzura de las fresas ayuda a regular la respuesta del azúcar en sangre. La dulzura y acidez de las fresas ayudan a humedecer los pulmones y alivian la sequedad respiratoria. Sus propiedades de equilibrio sanguíneo se han utilizado en condiciones febriles. También se ha recomendado para cálculos renales y dificultad para orinar.