Se puede cocinar de muchas maneras pero, a pesar de su mayor suavidad, y de que en muchas recetas se propone el kale crudo, en formato ensalada, sería altamente recomendable para la salud cocinarlo. En todo caso, se puede utilizar como «condimento» ó «decoración», para añadir un toque de vitamina C fresca a los platos, picando muy finamente sus puntas y espolvoreando una pequeña cantidad sobre otra receta.
Existen tres tipos principales de kale y varían más en términos de textura que de sabor. El más dulce de todos es el «toscana» ó «cavolo nero», que también es el de hojas más planas, por eso es más fácil trabajar con él en la cocina. La variedad más frecuente de kale en general presenta hojas muy, muy rizadas y verde intenso y presenta un sabor muy pronunciado. El kale ruso tiene un color magenta y hojas más planas y lobuladas, casi como unas hojas de roble y es el que tiene un sabor más suave. Es importante evitar, en todas las variedades, aquellas hojas que tengan un aspecto marchito, amarillento ó viscoso.
Para conservar las hojas, es genial dentro de una bolsa en la heladera. Para cocinarlas es importante retirar los nervios centrales de las hojas y cortar estas según la forma del plato que vayas a preparar. Los nervios son comestibles, pero demasiado fibrosos y tardan más en cocinarse. Se podrían cocinar aparte si se quieren aprovechar. Una idea sería macerarlos en aceite de oliva y cocinarlos bien al horno hasta que queden crocantes.